junio 16, 2009

LA SINTESIS CAMBIA DE DIRECCION

Queridas y queridos lectores,

Desde este mes, la Síntesis cambia de dirección. Espero contar con sus comentarios sobre el nuevo espacio.

http://reneasdrubalandres.wordpress.com

La síntesis la hacemos todos.

mayo 26, 2009

Ese juego que jugamos


SEGÚN LA PERSONALIDAD, la sociedad nos otorga un rol social que es difícil de franquear y al cual nos acostumbramos porque en el fondo nos brinda algún tipo de beneficio, aunque sea aparente.

En cada núcleo social siempre se encuetran el simpático y el serio, la chismosa y también la prudente, la bonita y la... platicadora, el consumista y el intelectual, la chiles-fritos y la reprimida, la bordada a mano haciéndonos la vida pesada y la pelangocha siempre haciéndonos reír... Se trata de roles disponibles en la convivencia diaria que funcionan como parte de un todo para crear la trama que da vida a la sociedad. Lo que no hace uno, lo hace el otro, complementándose.

Es una gran aspiración querer escapar a los roles que el medio pero también nosotros a veces nos autoimponemos. Cuesta trabajo desprenderse de ser el enojón, o el valemadrista, o el meticuloso, o el sobreprotector o el sobreprotegido, sin embargo la experiencia de libertad nos la da el dejar atrás las viejas lealtades que nos encadenan y frenan, y nos impiden averiguar quienes somos más allá de la función reductora que hemos cumplido creyendo que haciamos algo por los demás.

Lo es porque escapando de cumplirle a los demás también perdemos su reconocimiento, su admiración o su eterno agradecimiento, lo que finalmente nos permitía controlarlos un poco (o un mucho).

Los años y la experiencia ayudan a darse cuenta de que hay pequeños roles que se cumplen de manera irreflexiva, como los que se asumen en cada núcleo familiar, de amigos o de trabajo. Pero también ayudan a darse cuenta de que hay funciones que si no se cumplen las cosas no marchan bien a nivel social pues hay deberes colectivos que sólo nos corresponden a nosotros.

Tratar de deshacerse de los roles impuestos es tan importante como entender la función que socialmente representamos dentro de un país. No podemos olvidar que el funcionamiento del todo está íntimamente ligado con lo que hacemos cada día, y con cómo lo hacemos, lo cual es una pregunta que en México no nos hacemos muy a menudo.

mayo 22, 2009

Después de la influenza














(Foto de Yazmín Ortega Cortés para La Jornada)


Hay que tener cuidado con lo que se desea.

Yo deseaba que en México la gente defendiera su derecho al tiempo libre tanto como he visto que lo hacen los ciudadanos de otros países. Yo deseaba que se retomara la costumbre de comer uno en su casa con la pausa posterior correspondiente como se hacía todavía cuando yo era niño.

Que el pasar tiempo en el espacio familiar se viera como un objetivo en sí mismo, y como un derecho como seres humanos, y no que la casa fuera un punto de encuentro entre trabajadores exhaustos y estudiantes aburridos, ambos chiflones de paso anhelando el momento de liberarse, no del monótono hogar aunque lo pareciera, sino de las tediosas imposiciones que los obligan a estar fuera todo el tiempo.

Yo quería que sucediera algo que provocara una verdadera solidaridad nacional, algo que demostrara que prevalece una unidad objetiva en el hecho de constituir un mismo país y que mostrara que cuando existen amenazas, éstas nos amenaza a todos, y cuando un beneficio común se logra, la ganancia es multiforme y repercurte en bienestar aunque, por dar un ejemplo, el contenido de una ley no nos concierna como individuos.

Yo quería que la gente en algún momento comprendiera que más allá de la enajenación trabajo-consumo (“trabajo para consumir, mi propio consumo me provee de trabajo”) existen otras formas de ser, aunque no sean promovidas por el discurso fatigante de la publicidad. Que existe un tiempo distinto al cronometrado, al que nos empuja de la cama y nos lanza a obligaciones rarísimas todo el día como ir al banco o a pagar impuestos. Que la gente prefiriera el mercado, aprovechando la florida oferta que tenemos en México, porque ahí se está menos expuesto a las insidiosas imágenes de los productos procesados que no nos dan más tiempo libre: sólo se lo entregan a quienes ya lo administran por nosotros.

Yo quería que la gente en México dejara de ver el centro comercial y el casino como los únicos rumbos de paseo. Añoraba una ciudad de México en que la gente no pareciera papas, sí: vulgares tubérculos cuando pasan por una planta transformadora del horrendo corredor industrial del Estado de México, yendo de una banda sinfin a otra, siendo amontonadas, clasificadas, empujadas, lanzadas, machacadas, sumergidas en aceite hirviendo y metidas en paquetes asfixiantes en una carrera que jamás cesa. Sin que una sola papa llegue a preguntarse qué hace en medio de tanto maltrato.

Quería ver el paseo de la Reforma ligero, como debió verse en otras épocas. Apreciar sus jardineras, poder atravesar la calle para ver de cerca el Ángel de la Independencia sin miedo a que me mataran los ríos de coches furiosos que salen por todos los ángulos. Sin embargo, el día que vi las fotos de esa calle semi vacía me dio mucha tristeza. Mucha tristeza.

No así. No era así como yo quería que los mexicanos volvieran a sus casas a reconocer el espacio familiar y el placer de la pausa. No era así como esperaba que se dieran cuenta de que a final de cuentas sí compartimos preocupaciones y que la unidad es lo que ha hecho seguros y eficientes a otros países. La unidad en la preparación, en la disciplina, en el estudio de las leyes que son votadas y en el respeto por las que se tienen.

No era así como yo quería que volviéramos a poner los ojos en los comercios que nos quedan cerca y no en los grandes abastecedores a quienes no les importamos como seres únicos, irrepetibles, sino como compradores repetidos e ignorantes, sustituibles, desechables como la mayoría de las cosas que nos venden.

No era así como yo quería que el tiempo del trabajo se disolviera por un momento, permitiendo la reflexión, enseñándonos que aparte del sol somos los únicos que ponemos fecha y hora a nuestros deseos, y cuando digo deseos mi cometido no tiene nada de sensual: hablo de esos deberes personales que desde hace años viven apachurrados abajo de las urgencias del jefe, del banco, del marido o la esposa, de la enredosa Hacienda, del perro que también tiene sus necesidades (¡hasta las necesidades del perro resultan impostergables!), del informe, de las vacaciones que hay que planear para no quedarse atrás de los ricos de la familia, de la quincena, de las ofertas, de las ventas nocturnas y de los pagos chiquitos, de los préstamos, de las crisis, de los intereses.

No era una historia tan rara como esta epidemia y sus peculiares medidas lo que yo quería que nos mostrara que un país puede y debe funcionar mejor con base en el interés por los demás, en la solidaridad, en la cultura y en el equilibrio entre lo que le damos al sistema y lo que el sistema nos da a nosotros.

El virus ha dejado ver que debajo de nuestros ires y venires diarios no hay una estructura en México, aparte de la administrativa, en la cual apoyarnos. Tienen razón los que dicen que lo de menos es la influenza: lo que da más miedo es el mal funcionamiento de todo, la dependencia en todos los aspectos, la patética falta de principios en todo lo que se decide. ¿Nos haremos preguntas al respecto ahora que estamos recluidos? ¿Qué nos dejará este encierro que parece de película de Bruce Willis? ¿Cómo serán esos mexicanos que volverán a las calles y a los trabajos terminado el penoso capítulo? ¿Qué habrá cambiado?


reneasdrubal@hotmail.com

mayo 19, 2009

Las dos Denise




Es una casualidad que dos muy buenas periodistas actuales en México se llamen Denise. Una Dresser, y la otra Maerker. Ambas nacidas en los sesenta, las dos han combinado estudios en ciencias políticas con la labor periodística; las dos han defendido una presencia que se puede llamar fuerte en los medios de comunicación y, naturalmente, las dos son blanco de ataques por la fuerza de sus comentarios, criticadas por laborar para medios privados como si ganar espacios de mayor cobertura (y mantenerse en ellos) fuera tarea fácil.

Dresser sorprende con sus bien construidos discursos que presenta en eventos académicos, con los que logra incomodar a quienes esconden con artilugismos su falta de responsabilidad social, y por la hilación impecable de argumentos y hechos irrefutables que caracterizan sus artículos en diarios como Reforma y la Opinión de Los Ángeles. En entrevista desliza sobre la mesa realidades atroces con una voz mesurada y armónica.

Maerker sorprende por el enorme compromiso con que sobrepasa la simple función de lectoras de noticias que cumplen Adela Micha o Lolita Ayala (dos de sus más célebres competidoras de raiting), y por su capacidad de cumplir con la tarea de informar pero trasladando al análisis los temas que más la indignan como mexicana (porque para estar al frente de un micrófono no es necesario dejar a un lado la nacionalidad). La de veces que la he escuchado en su programa de Radio Fórmula molestarse frente a situaciones bochornosas, o haciendo patente con interrogantes claros que su inteligencia se siente ofendida ante declaraciones absurdas.

Las dos conciben la tarea pública de informar como un elemento que posibilita el cambio. Pero no el cambio de partidos políticos, que ya sabemos que sirve para dos cosas. El cambio completo de conciencia, de sabernos meritorios de mejores condiciones de vida y de sabernos más responsables de lo que nos sucede, que es el único cambio que no hemos probado los mexicanos.


abril 30, 2009

El siguiente día del beso

Con lo importante que son los besos para nosotros. Al llegar y al despedirse, aunque sea a media calle, marcaba la norma implícita. Con lo besucones, lo tentones, lo confianzudos que somos los mexicanos. Esto sí nos da en la torre. La crisis económica como fuera nos la sacudíamos, siempre había la posibilidad de ir a los cafés a contarse los problemas diarios, a quejarse del trabajo que se incrementó, a reírse de lo absurdo de la vida de los demás para distraerse del absurdo propio. Pero ahora ni eso.

El tapabocas le dice la gente, el cubrebocas los políticos. Porque no sólo cubre, tapa, como tapa de topperware para que no se escapen los olores. Nos tapa el gesto expresivo. Si en Francia o en Suiza se lo ponen no hay mucho que perder, el gesto insípido que hay debajo se adivina siempre. Pero en México siempre es posible saber por el acomodo de los labios si seguimos sin encontrar trabajo, o si por el contrario nos venimos saboreando un chisme que ya queremos llegar a contar. También si amanecimos de malas o si traemos ganas de pleito.

Nos tapa la voz. Con tapabocas nuestras voces tipludas se harán pastosas, no tendremos ganas de hablar, cansados de estar repitiendo lo que decimos para que nos entiendan. Por miedo, ya no tocaremos el hombro de nuestro interlocutor para acentuar lo que le contamos. Las confidencias de pasillo ya no sazonarán las mañanas de trabajo y los saludos se limitarán a un gesto de la cabeza o de la mano que al mismo tiempo que dice hola dirá no te acerques.

Mantenernos vivos es lo más importante, naturalmente. Pero además, los mexicanos esperaremos con ansias el momento de volver a abrazarnos, quizá ahora lo haremos más, a la menor provocación, y mejor, con más sentido porque alguna solidaridad nos habrá despertado este extraño capítulo.

Ese día, querremos besarlos a todos, a todos, ya redescubierto el placer de lo que siempre nos ha sido tan natural y que otras culturas más rígidas no entienden y ven con reprobación (aunque en sus fríos cuartos no sepan porque se sienten tan solos).



Que se decrete el día del beso nacional, el día de nuestra liberación.



abril 27, 2009

¿Ya le llegó el pants a Julio?


La historia se remonta muchos años atrás, cuando mi lejana prima la Güera nos encontraba desayunando gorditas en el mercado. Como era la única hija casada de mi tío Lencho, y güera además, le daba por hacerse la señora fina y mostrar delante de toda esa gente sudorosa del mercado que ella sí compraba en las tiendas de categoría de la época.
Mi mamá trabajaba en una de ellas, por eso en cuanto la veía la Güera le gritaba de un extremo a otro del puesto:
- ¡Lupitaaaa! ¿Ya le llegó el pants a Julioooo?
Mi mamá enrojecía y casi se tapaba con la tortilla recién hecha con que acompañaba su menudo de cada domingo. Cada semana había que estarla informando de la llegada de los exitosos Hang Ten.
Mi hermano Memphis lleva años imitándola. Reproduce a la perfección su timbre agudo, pero sobre todo, el chiflidito característico que se escapaba de la cara huesudita de la Güera, como si le faltara un diente.
Desde entonces me llama la atención esa tendencia familiar a hablar en singular de cosas que se deben mencionar en plural. Por el pants ella quería decir los pants (que es como en México mal llamamos a los trajes de deportes), los cuales como no vienen en costales ni se venden como granos de frijol (el frijol), son objetos terminados, deben mencionarse con su artículo.

¿La Güera lo haría para escucharse elegante antes de morder su gordita de chicharrón o realmente estaba hablando de un solo pants?



abril 23, 2009

Semántica personal

Los discursos se construyen de otros discursos. Necesitamos que lo que decimos ya haya sido dicho para ser comprendido. Es decir, aprendemos a hablar lenguas que ya han sido habladas. Nacemos a la lengua que habla a través de nosotros.

Esos discursos que constituyen nuestra visión de las cosas, nuestros objetivos y nuestras fallas, están representados en las personas que influyen en nosotros. Como una palabra que busca su colocación en la frase, todos nos adaptamos y buscamos una función con respecto a otras partes de la oración que son nuestros universos personales.

Esos seres son nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros maestros, la gente que admiramos, también la gente que despreciamos o que nos ha lastimado, que por una extraña razón queremos a pesar de todo, gente que al morir nos lega una parte de los significados que acarreó en vida. Gente que motiva lo que creemos, que dota con un sentido particular esto tan general que llamamos estar vivos.

Si me dan chance, de ellos quisiera hablarles.

¿Porqué no he escrito?

Me escribe mi amiga Vero Castro (homónima de la famosa cantante pero no menos brillante y mucho más sofisticada) de la Piedad, Michoacán, para reclamarme dulcemente que ya no escriba... Así fue como me enteré de que ella leía mi blog y que mis notas perdidas le eran importantes. Además de ella ¿cuanta gente pasa por este lugar y se enfadará de ver que no he pasado de mi nota sobre el capitalismo...? A mi me sucede con otros blogs.

¡Pero ustedes tampoco escriben!

Sean generosos, compartan algo de lo que viven y que este blog de vez en cuando les despierta.

abril 22, 2009

Volverán las oscuras golondrinas

Me mudé a Canadá con la idea de un aislamiento que me obligara a escribir. Pero como pasa siempre entre la realidad y la idea, una tercera opción se instala que no es ni lo que se imagina uno ni lo que el curso de los acontecimientos parecía que daría. En palabras de Edgar Morin, padre del pensamiento complejo, "la idea puede imponerse a lo real, pero lo real no se conformará por ello a la idea". Los hijos de lo real y la idea "no se parecen a ninguno de los progenitores". En resumen, aislarse no es sinónimo de que uno va a escribir como escribir tampoco es una cosa que sé dé siempre a razón de las mismas motivaciones.

Sólo me parece que escribir está relacionado con la ausencia. No se puede escribir sobre lo que se tiene delante, creo. Es decir, se escribe con la vista puesta hacia el pasado, lo que ya no es. Por eso dicen que para escribir hace falta vivir. Quizá más por eso, y menos porque la convivencia familiar fuera invasiva (demasiado celoso de mi encierro, no me importa lanzar mordidas cuando alguien quiere acotarlo) como inventé para salir del paso, me vine a Canadá. Por inaugurar un periodo nuevo, lleno de posibilidades de cambio, pero también para poder ver lo que permanece de lo que se deja. Lo que permanece dentro de uno y que luego querrá poner en la escritura.

Llevo una semana en Canadá. Los cerezos no saben si retoñar o no porque un día hace 18 grados y al otro día 7. También aquí digo que me quiero quedar. Y también sé que me iré, lo cual le da a cada calle una perspectiva diferente a la que tiene la gente que dice que está aburrida de la monotonía canadiense. Pienso: ¿cuántas de esas frases que imaginan que siempre debe haber diversión no provienen de la publicidad?. ¿En el fondo que es lo que realmente queremos? ¿Irnos? ¿quedarnos? ¿Volver, como las oscuras golondrinas de Bécquer?

febrero 22, 2009

Señales apocalípticas: el capitalismo poniendo la gente a descansar


Ni cómo negarlo: en México estamos sumidos en varis crisis. Una de ellas es la económica, y más precisamente la del empleo. Aunque para algunos sigue siendo un rumor infundado (por todas partes se sigue viendo a la gente gastar como si no pasara nada), para otros ya es una realidad que no se puede disfrazar con más entregas de oscares ni fechorías de la Lucerito en la telenovela de la noche.

Los despidos nos rodean. Las historias que se cuentan en la sobremesa son cada vez más cercanas y despiadadas. En ellas, la lógica del capitalismo no deja de mostrar sus dientes afiladísimos. La gente que ya estaba enganchada del cuello por la cuestión económica resulta la primera en perder su empleo. Los que menos protecciones tenían y más horas de su vida sacrificaban para que la rueda marchara, se quedaron botados y la carcacha quiere seguir su camino sin ellos.

De enero para acá muchos ya se fueron a su casa royendo la pregunta sin fondo de qué van a hacer sin sus 700 pesos a la semana para pagar las deudas que con despreocupación habitual mexicana contraían cada mes, más la renta, más las escuelas, los camiones y, claro está, la comida diaria...

En cambio, los de cargos más arriba esperan en sus casas porque los pusieron a descansar a fuerzas. Prefiero esto a que me despidan, dicen con gesto de gusto pero con el estómago contraído, porque tampoco saben lo que va a pasar. ¿Y si la medida precautoria no basta? ¿Quiénes serán los siguientes despedidos? Todos los rumores parecen creíbles y también hacen su parte acabando con la paz de la gente, aunque estén reposando en sus casas.

Marx en su tumba debe estarse muriendo de risa, que el capitalismo mande a sus fuerzas productivas a descansar es tanto como que el socialismo idee monopolios para hacer posible la acumulación de capitales. Y ambas cosas ya las estamos viendo. ¡Se acerca el fin del mundo! diría mi tía Conchita.


(*) Imagen de Rafael Magallanes Quintanar.


febrero 19, 2009

Mi barrio


Me gusta mi barrio. Aunque las banquetas estén un poco derruidas y haya tramos en que de tanta tierra suelta pareciera que estamos cerca de la playa. Con el menor pretexto agarro mi vieja casetera y me salgo a caminar. Voy a comprar unas ligas en la papelería amontonada que dos hermanas cotorritas tienen en una cochera. O voy a recoger los cartuchos de tinta que mandé rellenar con un señor que puso una lona afuera de su casa. O como hoy, me llego hasta la Farmacia Guadalajara y me entretengo dando vueltas en los anaqueles, mirando las cámaras fotográficas que se hacinan en un mostrador por demás revuelto, cerca de los bisquets calientes y de las botella de Pinol. Huelo los champús corrientes -que han dejado de ser baratos-, miro los esponjosos panqués en bolsa que hace años que no pruebo y que jamás cambiaría por los bolillos crujientes del mercado, y lo más placentero es que salgo como entré: sin comprar nada.

Porque en realidad nada necesito y ésta no es una declaración de presunción material. Lo placentero está en observar que he aprendido a prescindir de muchas cosas que se venden en esos lugares. Que ya no me provocan. Que las he observado y sé lo que contienen más allá de sus coloridos empaques que también son más dañinos de lo que parecen. Como lo digo en un artículo que estoy escribiendo, no puedo zafarme de un sistema económico que sólo ha dañado a la gente -incluso a la que parece que ha ayudado-, pero desde mi modesta posición sí hay cosas en las que puedo darle la espalda.

Cada vez necesito menos cosas, y esas cosas vienen menos empacadas o provienen de la tierra. Encuentro placer en cosas pequeñas como estos paseos. Me gusta lo local por su imperfección sincera. No creo en muchos espejismos que nos rodean y por eso mi tesis doctoral se titula "Función social de la Publicidad en México" porque quiero saber cómo esa forma de educación nos bloquea y pervierte nuestro sentido de la realidad.

febrero 06, 2009

¡No quiero saber nada de Bancomer!


Hace como un mes cancelé mi tarjeta de crédito por teléfono, después de un largo partido de tennis de número en número y extensión en extensión y pique aquí y pique allá... Ese día me tocó ir corriendo a depositar cuatro pesos para que pudiera proceder la baja de mi cuenta. Bueno, dos semanas después ¡me vuelve a llegar el estado de cuenta! Saldo: tres pesos.

Para esto, un largo litigio con la Condusef de por medio no condujo más que a encuentros en donde un licenciadillo panzón nunca entendió el porqué de mi queja: las inconsistencias en la información. Por teléfono me avisaban que debía una cantidad y que debía pagarla en tal fecha, en el estado de cuenta me decían otros datos. Cuando trataba de confrontarlos, otro funcionarillo pedorro me decía que no hiciera caso, que pagara... ¡en otra fecha! Nunca entendieron que yo peleaba por mi derecho a no ser confundido por el mismo banco.

Considero a los bancos en general una gran calamidad, una desgracia humana, un mal del que tenemos que servirnos porque desgraciadamente el sistema está hecho a su medida. Pero lo que más lastima en estas mañanas de desazón de creer que uno nunca se va a poder librar de ellos, ¡ni pagándoles! es la falta de sentido común que demuestra su personal, como si lo primero que tuvieran que evitar es reflexionar y ponerse en el lugar de los clientes.

¿Que no era ése un principio clásico de mercadotecnia?

Últimamente me pasa que no veo en realidad que a alguien le importe la opinión de los clientes. Los dueños están muy ocupados invirtiendo sus ganancias, creyendo que los que los representan lo hacen bien. Los gerentes son inaccesibles y creen que todo se cumple como ellos dicen. Y a las empleadillas telefónicas que se supone que con el contacto con el público les vale un cacahuate que la gente cancele una cuenta o que abra diez, a ellas les van a pagar lo mismo, lo que quieren es terminar la llamada para seguirse pintando las uñas y de ser posible no ser interrumpidas.

Yo también quisiera no tener que volver a abrirme paso entre sus sus tontas grabaciones, no ser obligado a escuchar sus ofrecimientos capciosos, a responder a sus desangelados con quién tengo el gusto, y a repasar el resto de sus frases desgastadas y automáticas que mueven a lástima. ¿Quién sno e acuerda de aquellas tétricas muñecas que tenían un disco en la espalda? De esa marca es la gente que trabaja últimamente en atención al cliente.


enero 12, 2009

Otra forma de mirar una guanábana

Más allá de centro Habana, después de unos barrios vetustos que se llaman la Víbora y Santos Suárez, viven Clara y Pedro, dos hermanos heptagenarios amigos de mi familia cubana. Para ir a verlos hay que coger una guagua que lleve hasta la Habana Vieja, y ahí cambiar por otra que pasa cada hora y que sube serpenteando por la poblada colina.

Al tenerlos por delante entiendo porqué vale la pena venir a verlos. Ella es química, trabajó muchos años para una compañía farmacéutica del estado y conserva esa sencillez lúcida de la gente útil. Él también trabajó mucho tiempo y sobrevivió a una operación de próstata que no hizo sino aumentarle el humor: su anécdota de bienvenida es que el médico que lo operó murió prematuramente.

Como ellos, su casa logra conservar el encanto que debió haber tenido en una época mejor a ésta, cuando los macetones pendían más exhuberantes en el mismo corredor y el mismo sol iluminaba el mismo muro de color amarillo sólo que entonces la gente cruzaba el umbral sin pensar en el mal estado de las calles ni en el dolor de los huesos.

Afortunadamente, los cubanos son porfiados. La charla remeció recuerdos, extrajo los mejores y animó sus bocas elásticas durante un rato. Al final de la visita, de pronto, Clara se perdió en la cocinita donde ronroneaba un refrigerador de manufactura soviética y volvió con un presente por demás inesperado: una sencilla guanábana.

Yo tardé en reaccionar pero pronto me di cuenta de que hacía varios nudos de mar que no había visto una guanábana. En el mercado de frutas que veía en Línea sólo encontraba papayas muy maltratadas, insípidas; naranjas ácidas, guayabas, yuca... Nunca algo tan suave, tan fragante , pero sobre todo tan preciado como esa guanábana, pues una fruta simple que en México podía encontrarse en cualquier supermercado, incluso en forma de paletas, nieves y aguas, en Cuba hacía falta imaginarse cuánto había zancajeado la mujer para conseguirla.

Su otro valor tenía que ver con el hecho de desprenderse espontáneamente de algo que claramente hacía falta. Pensé en todos esos regalos que damos sin que darlos nos afecte o nos requiera un sacrificio. Es muy rara la ocasión en que aceptamos dar algo que nos sirva a nosotros primero. No parece lógico, hasta lo consideramos de mal gusto, pero la verdad de fondo es que no sabemos trasladar el beneficio del objeto sobre otros, sólo damos lo que no nos afecta perder.

Esa misma noche la familia se activó y desempolvó la vieja licuadora que aguardaba en su rincón por una ocasión tan especial como ésta. Yo mismo me encargué de deshuesar y quitarle la piel a la guanábana, menudamente, cuidando de no desperdiciar ni un gramo de pulpa para que rindiera más. Me topé con un lado maltratado y reí pensando en qué poco tiempo habían cambiado tanto las cosas: por ese simple defecto en México esa fruta ya hubiera ido a parar a la basura.

El espeso batido de guanábana con leche lo bebimos después de la cena. Un sólo vasito contenía tantas cosas, que no me apeteció beberlo de un sólo trago, como normalmente hago con todas las cosas. De pronto se trataba de desmenuzar todo el sabor, como si quisiera explicarlo y a través de esa explicación, guardarlo. Sólo se me ocurrió dar pequeños tragos para que el perfume ascendiera por la laringe alargando lo más posible el momento.

diciembre 08, 2008

Algo que no me gusta del Teletón


Hay algo que no me gusta del Teletón.

Aún en el escenario pesimista, dando lugar a la mexicana sospecha de que la corrupción también se cuela en las causas nobles, reconozco que es mejor que haya una iniciativa como ésta a que no la haya.

También supongo que, con todo, el Teletón colabora a hacer visible una parte de la población que el resto del tiempo permanece oculta por los medios. Pero claro que hay algo negativo en el hecho de que nos acostumbremos a pensar en las personas discapacitadas un día al año, y sobre todo bajo la lupa excesiva de Televisa.

Sé que la exposición de los casos conmovedores es una estrategia de venta: que la gente se conduela tanto que no le quede otra alternativa que cooperar. Pero no alcanzo a saber si es legítima. ¿Se vale lucrar con la mala ventura aunque sea para ayudar?

Tampoco me gusta que el presidente se pare ahí a felicitar como si en el fondo una colecta nacional no se hiciera necesaria por la pésima administración del país. Al menos debería ir a hacer compromisos oficiales.

Peor aún, la gente ve con buenos ojos que los gobernadores y los alcaldes hagan donativos. ¡Eso se llama desvío: el dinero con que ellos cuentan tiene un presupuesto asignado, no son sus ahorros! ¿quién les dijo? Distinto sería que se comprometieran a hacer aportaciones trasparentes para las obras que el Teletón apoyara en sus estados.

Por último, ¿quién más se ayuda en los teletones? Las empresas, como empresas, no hacen nada que no les represente una ganancia, y menos en estos tiempos. Lo de los redondeos y todo eso, ¿alguien lo investigará? Y si encuentra algo ¿habrá forma de decirlo?

Sería el escándalo que nos faltaba.

¿Tú qué opinas?






diciembre 07, 2008

La prueba

No sé si en esta época todo el mundo se haga la prueba.

Aunque creo que es una inquietud general desde que comenzamos a tener relaciones sexuales, yo hacía algunos meses que sabía que tenía que hacerme el examen del VIH por una cuestión de conciencia, de edad, de sanidad, de congruencia, de todo.

Hace unos meses un urólogo que fui a ver en Francia por una infección que al final sólo existía en mi mente, acabó por darme el ultimátum. "Dépistage" le llaman allá. De todos modos debo decir que pasé mucho miedo. Un miedo surrealista que fue aumentando con los meses que dejé pasar sin ir al laboratorio.

Por un lado me auto tranquilizaba pensando que he sido cauteloso, que siempre creí saber con quién estaba. Por el otro, sabía que eso no borraba el riesgo. Y que no: uno
no sabe siempre con quién está.

Aferrado al argumento de que es mejor saber que no saber (que no sé si sea cierto, ese día simplemente lo adopté), finalmente una mañana de esta semana fui a que me tomaran sangre antes de irme al gimnasio. Después trascurrieron seis horas largas, difusas, acuosas, deformes en que trataba de prepararme mentalmente para las dos posibles respuestas... pero no lo conseguía.

Sin saber cómo, finalmente me vi con un sobre blanco en la mano, adentro del coche. Y sin parpadear, mis pobres ojos también atemorizados volaron sobre el mensaje y, gracias a Dios, dieron con la palabra: negativo. Dos veces. Negativo, negativo.


Naturalmente, el alivio es enorme, indescriptible. Lloras. De alegría, de reconocer abiertamente el miedo que sentiste. La prueba, a final de cuentas, es formadora. Además de la información vital que proporciona, nos hace concientes de un mundo de cosas que se pueden perder a cambio de muy poco. De pronto, saberse sanos vuelve a ser la cosa más importante.
La más importante.

No quiero olvidarlo.


¿Tú has pensado en hacértela?

noviembre 18, 2008

Para pasar por cubano

- Oieeee, eto no’é canepueco…!

Su lenguaje de puras vocales es lo primero que te saca del sueño. Luego sigue el silbar de las ollas expres hirviendo a toda marcha los frijoles negros del día, el vapor fragante de sus ollas arroceras repletas de un arroz blanco y esponjoso que a mi me recuerda la morisqueta de Uruapan, y el olor a fritura de sus viandas, como ellos llaman a la yuca, el boniato y la malanga que sirven siempre de acompañamiento.

Los cubanos se levantan temprano y, sin mayor distracción mediática, desde esa hora comienzan a inventar. Después de la caída de la Unión Soviética los periodos especiales anunciados por el gobierno se multiplicaron y casi se volvieron la norma. Hubo un tiempo en que en vez de apagones había alumbrones cada vez que se reponía la corriente eléctrica. Cada día para los ciudadanos resulta una prueba matemática, lógica, de habilidad, de resistencia, de ingenio y cordura, en la que hay que inventar soluciones para salir avante en las cuestiones más elementales.

Los oigo muy de cerca, no sólo porque las ventanitas abiertas de los edificios casi se rozan, sino porque la precariedad general los iguala a todos y ha desterrado el pudor. Se narran hasta dónde tuvieron que caminar para encontrar cebolla. Se quejan de que no hay huevo, o de que los vecinos les tienen la vida hecha un yogur. De que está saliendo muy poquito gas y a ese ritmo habrá que pasarse todo el día cocinando. De que ya anunciaron que sólo tres países están a favor del bloqueo económico, pero que esa noticia sigue sin dar para comer. Con tanta inconveniencia rondando, me da pena seguir acostado y me levanto.

Voy por el pan y, como en todos los negocios, hay que hacer fila de varios minutos. De paso, pregunto si no van a apagar la estrepitosa alarma de una bodega de cerveza que hace más de una hora que se activó. Nadie sabe qué hacer. Cuidado con las cañerías rotas que vierten el churre en la banqueta misma sin que el estado las repare: no hay con qué. ¡Se me olvidó traer una java!, me doy cuenta al ver a una señora que vende bolsitas de plástico astutamente entre la fila. El solecito empieza a calentar la Habana pero el aire, tan temprano, se siente muy sucio a causa del keroseno de los almendrones, esos voluminosos coches de los años cuarenta y cincuenta que ahora circulan como taxis compartidos y que son verdaderos museos rodantes.

Todo mundo me dice que trate de pasar por cubano para que no me quieran ver la cara y cobrarme en divisa. Pero como las malas intenciones nunca se logran, los indicios de que soy mexicano se me salen por todos lados.

- Buenos días, disculpe, ¿cuánto cuesta el bollo?

- Díiiime? –me salta impaciente la vendedora, una negrona que de un solo caderazo me lanzaría de regreso a mi país, incrédula, porque piensa que le estoy preguntando el precio de sus genitales.

- Poóme un’arra de media libra a’í… - se me adelanta un señor poniéndome el ejemplo de cómo hay que pedir las cosas.

En Europa los otros latinoamericanos y los españoles también se ríen de nosotros por nuestra cortesía constante y exagerada. Este servilismo viejo que tenemos en la sangre los mexicanos que todo lo pedimos bajo tres candados de si usted quiere, por favorcito, su mercé, con miedo de que nos pase como a los maderos de San Juan que piden pan y nos le dan, piden queso y les dan hueso que se les atora en el pescuezo...

Pero también la voz de los cubanos es distinta a la nuestra. Me muero de envidia por los trombones de sus gargantas con los que se hablan, no sólo de balcón a balcón como los italianos, sino de calle a calle. De una esquina a la otra la gente ya viene saludándose. No podría ser de otro modo para preguntar la ruta a los choferes de los almendrones que siempre traen el reggaeton a todo lo que da. Tampoco podrían hablar bajito como nosotros por todas las consonantes que no pronuncian, pienso. Pero si por un lado su erre, su ese y su ye son ya casi ilusiones, su cuerpo entero es una enorme caja de resonancia.

Todos los cubanos son así. Algo tienen por dentro demasiado impetuoso y todo el tiempo se les está saliendo. Los hombres son machos machos, Pedros Navajas con arracadas y bíceps de hierro. Ufanos, cuando caminan parece que van a bailar, que se van acercando a la pista con los primeros contoneos. Su voz es grave a más no poder, una octava debajo de la nuestra. Suena como salida de una gruta lúbrica y oscura donde el que no cae, resbala.

Las mujeres son exuberantes como arbolones de manglar, inventivas en su arreglo, detallistas. Nada que ver con las francesas que con el cuento de que son bonitas no se pasan ni un peine y salen a la calle llenas de trapos ripiados como si un perro les hubiera saltado encima. En ningún otro país las caderas, los muslos y los senos son tan importantes. Aquí se los resalta, se los presume, se los saca a pasear, forman parte del patrimonio nacional. En la primaria, las niñas ya bailan con una sensualidad pasmosa.

Para pasar por cubano tendría que aprender a soportar mejor las carencias, a no pensar en lo maltratada que está la fruta en el agro, a no saber muchas veces qué se está comiendo uno.

- De qué son las croquetas?

- De ave…

- Ah, ¿de pavo?

- No, ¡de averigua!

Concentrarme en cosas más reales. Cuidar las pertenencias porque una vez que se rompen no hay forma de encontrar las piezas, todo sale en un ojo de la cara. Valorar cada silla, cada mesa, cada puerta que guarece del viento de los ciclones.

Buscar hacer más con menos, como hacen en todas las casas donde el pollo se desmenuza en el arroz y el resultado es una cosa magnífica y más rendidora. No quejarme porque hay que zancajear mucho para ir a trabajar o a estudiar, incluso después de haber tomado la guagua. Alegrarme con pequeños placeres, como el de los helados Coppelia que se vuelven más sabrosos después de que hay que esperar hasta cuarenta minutos haciendo cola, eso sí: sabiendo bien detrás de quién va uno, astucia que también tendría que aprender.

- Último en la fila?

-Iooo…

- ¿Detrá’e quién?

- De aqueia señora junto al álbol

noviembre 09, 2008

Érase una vez dos monedas

Mentira que en Cuba no puedan encontrarse fácilmente una plancha de vapor de última tecnología, un par de tenis dorados marca Nike como los que usan los cantantes en los videos, o incluso un moderno juego de sala. La primera vez, uno llega a la isla creyendo que lo van a mirar como a un marciano si sale a caminar por el malecón llevando su mp3; armado con mil productos de aseo personal que creemos que allá será arduo obtener, y preguntándonos si lograremos adaptarnos a la lógica de un país socialista acostumbrados como estamos a que teniendo capital todo se puede obtener.

La realidad es que en Cuba, el discurso oficial del gobierno resulta sólo el ropaje viejo y teatral de un sistema mercantil tan deshonesto y antisocial como el del más capitalista de los países de occidente. La serie de dificultades ligadas al comercio clandestino para la obtención de productos básicos, y otras prácticas ya asimiladas e institucionalizadas por el estado, principalmente la puesta en circulación de un doble sistema monetario, llaman la atención por su carácter antinacional en un país que se dice primero en la defensa de la soberanía y el bienestar social.

Aunque ya se contaba con una moneda nacional, el peso cubano convertible se puso en circulación en 2004 para servir como forma de pago en los establecimientos autorizados para la venta de productos y servicios en moneda extranjera (es decir, el ramo turístico), con el objetivo de ejercer una forma de control estatal de este tipo de ingresos en la isla, y con una paridad idéntica al dólar. No obstante, el peso convertible o “chavito” también se autorizó como una forma de pago en ciertas entidades (que no se enlistan en la declaración oficial) para estimular su circulación entre la ciudadanía.

Desde entonces, el chavito (equivalente a veinticinco pesos cubanos) parece haber institucionalizado lo que en Cuba ya se daba de forma no reconocida: la existencia de dos realidades económicas (y por ello sociales) que distingue entre los que poseen divisa o moneda extranjera, y los que no la poseen y por lo tanto no pueden acceder al tipo de bienes y servicios cuyos precios, acordes con la economía del extranjero, resultan inalcanzables para los ciudadanos que ganan en moneda nacional, al grado de que un muslo de pollo y un refresco en un rapidito puede representar un tercio de un sueldo mensual.

Si por un lado las Cadecas (casas de cambio) instaladas por el gobierno a lo largo de toda la isla sirven para ejercer una suerte de blanqueo de las monedas extranjeras circulantes (en abril de 2005 el valor del dólar frente al peso convertible se revaluó en un 8%); por el otro, Cubalse (poderosísima concesionaria estatal autorizada para la explotación en peso convertible de restaurantes, supermercados, mueblerías, boutiques y toda clase de chopin, tiendas de recuerdos, expendios de comida rápida, autobuses turísticos, hoteles, ferreterías, etc.) promueve la operación de una economía capitalista en un país donde el esfuerzo individual por acceder al capital está penalizado.

De esta manera, el peso nacional corresponde con los ideales frustrados de la revolución (ya que según éstos la población sólo necesitaría pagar por pocos beneficios extras además de los que el estado garantiza), mientras que hipócritamente el peso convertible debe su demanda justamente al hecho de que esos ideales en la realidad no se cumplen y la gente tenga que inventar –con todo su costo social- para acceder a ese bienestar exclusivo que se expende en divisa. Ojo: a veces ese bienestar puede ser un coche o una mejor casa, pero también puede ser simplemente una bolsa de leche en polvo, una libra de carne o un cepillo de dientes.

La chopin, como llaman los cubanos a esa especie de reino encantado en donde van a encontrar todo lo que necesitan y que el estado no les puede dar, pero que les ofrece a cambio de jugosos pesos convertibles -que a su vez tampoco les puede dar-, contiene en su nombre la doble figura de la cubanidad que todo se lo apropia con alegre resignación y lo convierte siempre en algo musical, y la influencia indeseable del shopping, promotor en todo el mundo (y bajo todos los regímenes, ya se ve) de la concentración institucionalizada de la riqueza.

Cuba, Cubita, Cuba


a L.

"Ay, pena, penita, pena. Pena de mi corazón...".
Pienso en esta canción de la Faraona para prologar mi viaje a Cuba por todo el amor que terminamos desarrollando por esas cosas que nos duelen. O al revés, porque el amor que sentimos es tanto tanto que termina por dolernos.

No logro discernir si ese país me tocó tanto porque es pequeño, y eso hacía que lo sintiera mío, como cuando soñaba a quedarme a vivir adentro de un armario. O porque sé que la gente necesita ayuda y siempre he tenido predilección por la gente que requiere algo de mí, como si no concibiera otra razón para que me quisieran. O porque a pesar de ser tan sexuales (no hay otro país en donde el trasero de las mujeres y los brazos musculosos de los hombres sean tan importantes), percibo en los cubanos una inocencia colectiva, una ingenuidad relacionada con que los placeres aquí tienen que ser simples porque no hay de otra.

Pero también es porque este viaje lo hice con uno de los cariños más grandes de mi vida, a quien ahora me une una amistad franca y profunda, aunque a veces nos equivoquemos. Con ciertos días de distancia, me doy cuenta de que visitar con él los escenarios en donde transcurrieron sus días felices de inocencia isleña, sus años de estudiante siempre llenos de zozobra pero tocados con el polvo mágico de lo que vendrá, los dulces recorridos diarios que un día no se repiten más, y ver a su gente, y comer su comida y pararme en su balcón a mirar el mar en los momentos de angustia, se trató realmente de un regalo de la vida.

Y uno siempre quiere más de esos regalos, aunque no se los merezca. Y yo quisiera volver a tomar un almendrón en la calle 23 y bajarme en Coppelia y preguntar en la fila quién es el último, y esperar a que me sirvan la ensalada con vainilla y rizado de chocolate. Y pasar la tarde andando todo el malecón o mirando los balcones vetustos de centro Habana mientras nos hacemos un cuento, y otro y otro más...

septiembre 07, 2008

Estrategia uno: la aceptación

El proceso de reconquista de mi cuerpo y de mi alimentación que he iniciado y que no he dado por terminado, me conduce de forma lógica a interesarme por un saneamiento interno, en el que quiero erradicar formas de pensamiento que me afectan, que me resultan contaminantes.

Esto significa aceptar íntegramente, por primera vez en la vida, que soy dueño de mi tiempo, de mis pensamientos, de mis acciones. Que uno a uno están hilbanados y el cabo de la urdimbre actual es el estado en que me encuentro hoy.

Para que esta reflexión no sea un auto reclamo más tengo que matar un poco el pasado, convencerme de lo que es cierto: el pasado no existe. Por más pruebas que haya yo acumulado de ese estado anterior de las cosas, el pasado nunca tuvo existencia objetiva, es sólo una forma más de mi pensamiento y por ello es justo pedir que no actúe en mi contra.

A pesar de que parezca complicado lo que digo, estoy viendo las cosas más simples. Me estorba, por ejemplo, conceder atención a constantes situaciones dañinas con personas que forman parte de mi familia. Las situaciones no parten de una voluntad de hacer daño, evidentemente. Resultan dañinas para mí por la diferencia de pensamientos, criterios y principios que puestos en práctica maltratan a seres que quiero, yo incluido.

¿Qué se puede hacer? Esta meditación de mañana de domingo me lleva por todos lados. A pensar que problemas son los de la gente que está en las esquinas con una lona esperando a que les den un trabajo de plomería para ganar un poco de dinero. A concluir que sobredimensiono estos cotilleos familiares. Pero en el fondo ninguna solución aparece.

La aceptación... Sí, la aceptación pero como estrategia integral. No retórica, no de dientes para afuera.

¡Chin! Es un trabajote, ¿no?

La aceptación... Me doy cuenta de que siempre la he esperado, promovido, solicitado, creyendo que por defenderla la practicaba mucho.
No es la aceptación chafa de decir pues la gente es así, ni modo, subirla a un patín y no interesarme más. ¡Qué fácil sería! En cambio, aceptar, me parece, significa mucho más explorar mis propias razones para reaccionar ante lo distinto, sabiendo que eso ya es así y que no me compete cambiarlo. Todo lo contrario a comerse el coco queriendo cambiar lo distinto y así poder mantener cómodamente mis reacciones dolosas. Me da gusto estar en capacidad de observar todo esto. Finalmente es buscar separar mi estado interior de los accidentes de las relaciones, protegiendo mi capital esencial que es lo único que debo defender.

agosto 28, 2008

Comer en síntesis

Una dieta disciplinaria me está reenseñando la función de la comida, que es la de nutrir y dar placer, pero sólo en ese orden, y ninguna de las dos tiene que ver con el hartazgo, con el comer hasta que el cuerpo rechaza ya otro bocado.

Siempre había sospechado que mi relación con la comida tenía algo de enfermizo. Comía con los ojos. El placer estaba en ver lo que me iba a comer, cuanto más abundante mejor. Después simplemente engullía guiado únicamente por el volumen, sin degustar, sin elegir, sin medir, sin pensar en qué hora del día estoy y de qué forma voy a aprovechar los alimentos.

Son preguntas que no nos hacemos nunca, pero finalmente el acto fundamental de comer es para darle sustento a nuestro cuerpo.

Al mismo tiempo, sabemos que comer es el derecho más elemental de todo ser humano, que toda nuestra existencia se basa en un principio fisiológico. Lo primero que nos preocupa de la gente que queremos es que puedan comer, también debería preocuparnos a nivel planetario. Lo manifestamos en crisis cuando alguien se queda sin dinero pero también en bonanza cuando tratamos de agradarlos con comida.

Pero en todos los casos, relacionamos los volúmenes con el gusto. El cuerpo también aprende a satisfacerse por la vista de algo gordo y sobrado, y a prefereir un pastel que le dará sustento en exceso, pero que al menos no lo dejará pasar hambre, a una zanahoria cuyas enzimas le harán bien a nivel celular pero que no le dará mucha energía.

Retomar mi cuerpo, recapitanearlo también significa agudizar este tipo de cuestiones sin satanizar nada. Finalmente la función de un postre (y la delicia de prepararlo) no es la misma que la que cumple un pedazo de carne un día de mucha actividad muscular. Una verdadera síntesis debe hermanar ambos principios.
Gracias por leerme, pero ya que andas en eso, escríbeme tu comentario...

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