noviembre 09, 2008

Érase una vez dos monedas

Mentira que en Cuba no puedan encontrarse fácilmente una plancha de vapor de última tecnología, un par de tenis dorados marca Nike como los que usan los cantantes en los videos, o incluso un moderno juego de sala. La primera vez, uno llega a la isla creyendo que lo van a mirar como a un marciano si sale a caminar por el malecón llevando su mp3; armado con mil productos de aseo personal que creemos que allá será arduo obtener, y preguntándonos si lograremos adaptarnos a la lógica de un país socialista acostumbrados como estamos a que teniendo capital todo se puede obtener.

La realidad es que en Cuba, el discurso oficial del gobierno resulta sólo el ropaje viejo y teatral de un sistema mercantil tan deshonesto y antisocial como el del más capitalista de los países de occidente. La serie de dificultades ligadas al comercio clandestino para la obtención de productos básicos, y otras prácticas ya asimiladas e institucionalizadas por el estado, principalmente la puesta en circulación de un doble sistema monetario, llaman la atención por su carácter antinacional en un país que se dice primero en la defensa de la soberanía y el bienestar social.

Aunque ya se contaba con una moneda nacional, el peso cubano convertible se puso en circulación en 2004 para servir como forma de pago en los establecimientos autorizados para la venta de productos y servicios en moneda extranjera (es decir, el ramo turístico), con el objetivo de ejercer una forma de control estatal de este tipo de ingresos en la isla, y con una paridad idéntica al dólar. No obstante, el peso convertible o “chavito” también se autorizó como una forma de pago en ciertas entidades (que no se enlistan en la declaración oficial) para estimular su circulación entre la ciudadanía.

Desde entonces, el chavito (equivalente a veinticinco pesos cubanos) parece haber institucionalizado lo que en Cuba ya se daba de forma no reconocida: la existencia de dos realidades económicas (y por ello sociales) que distingue entre los que poseen divisa o moneda extranjera, y los que no la poseen y por lo tanto no pueden acceder al tipo de bienes y servicios cuyos precios, acordes con la economía del extranjero, resultan inalcanzables para los ciudadanos que ganan en moneda nacional, al grado de que un muslo de pollo y un refresco en un rapidito puede representar un tercio de un sueldo mensual.

Si por un lado las Cadecas (casas de cambio) instaladas por el gobierno a lo largo de toda la isla sirven para ejercer una suerte de blanqueo de las monedas extranjeras circulantes (en abril de 2005 el valor del dólar frente al peso convertible se revaluó en un 8%); por el otro, Cubalse (poderosísima concesionaria estatal autorizada para la explotación en peso convertible de restaurantes, supermercados, mueblerías, boutiques y toda clase de chopin, tiendas de recuerdos, expendios de comida rápida, autobuses turísticos, hoteles, ferreterías, etc.) promueve la operación de una economía capitalista en un país donde el esfuerzo individual por acceder al capital está penalizado.

De esta manera, el peso nacional corresponde con los ideales frustrados de la revolución (ya que según éstos la población sólo necesitaría pagar por pocos beneficios extras además de los que el estado garantiza), mientras que hipócritamente el peso convertible debe su demanda justamente al hecho de que esos ideales en la realidad no se cumplen y la gente tenga que inventar –con todo su costo social- para acceder a ese bienestar exclusivo que se expende en divisa. Ojo: a veces ese bienestar puede ser un coche o una mejor casa, pero también puede ser simplemente una bolsa de leche en polvo, una libra de carne o un cepillo de dientes.

La chopin, como llaman los cubanos a esa especie de reino encantado en donde van a encontrar todo lo que necesitan y que el estado no les puede dar, pero que les ofrece a cambio de jugosos pesos convertibles -que a su vez tampoco les puede dar-, contiene en su nombre la doble figura de la cubanidad que todo se lo apropia con alegre resignación y lo convierte siempre en algo musical, y la influencia indeseable del shopping, promotor en todo el mundo (y bajo todos los regímenes, ya se ve) de la concentración institucionalizada de la riqueza.

Cuba, Cubita, Cuba


a L.

"Ay, pena, penita, pena. Pena de mi corazón...".
Pienso en esta canción de la Faraona para prologar mi viaje a Cuba por todo el amor que terminamos desarrollando por esas cosas que nos duelen. O al revés, porque el amor que sentimos es tanto tanto que termina por dolernos.

No logro discernir si ese país me tocó tanto porque es pequeño, y eso hacía que lo sintiera mío, como cuando soñaba a quedarme a vivir adentro de un armario. O porque sé que la gente necesita ayuda y siempre he tenido predilección por la gente que requiere algo de mí, como si no concibiera otra razón para que me quisieran. O porque a pesar de ser tan sexuales (no hay otro país en donde el trasero de las mujeres y los brazos musculosos de los hombres sean tan importantes), percibo en los cubanos una inocencia colectiva, una ingenuidad relacionada con que los placeres aquí tienen que ser simples porque no hay de otra.

Pero también es porque este viaje lo hice con uno de los cariños más grandes de mi vida, a quien ahora me une una amistad franca y profunda, aunque a veces nos equivoquemos. Con ciertos días de distancia, me doy cuenta de que visitar con él los escenarios en donde transcurrieron sus días felices de inocencia isleña, sus años de estudiante siempre llenos de zozobra pero tocados con el polvo mágico de lo que vendrá, los dulces recorridos diarios que un día no se repiten más, y ver a su gente, y comer su comida y pararme en su balcón a mirar el mar en los momentos de angustia, se trató realmente de un regalo de la vida.

Y uno siempre quiere más de esos regalos, aunque no se los merezca. Y yo quisiera volver a tomar un almendrón en la calle 23 y bajarme en Coppelia y preguntar en la fila quién es el último, y esperar a que me sirvan la ensalada con vainilla y rizado de chocolate. Y pasar la tarde andando todo el malecón o mirando los balcones vetustos de centro Habana mientras nos hacemos un cuento, y otro y otro más...

septiembre 07, 2008

Estrategia uno: la aceptación

El proceso de reconquista de mi cuerpo y de mi alimentación que he iniciado y que no he dado por terminado, me conduce de forma lógica a interesarme por un saneamiento interno, en el que quiero erradicar formas de pensamiento que me afectan, que me resultan contaminantes.

Esto significa aceptar íntegramente, por primera vez en la vida, que soy dueño de mi tiempo, de mis pensamientos, de mis acciones. Que uno a uno están hilbanados y el cabo de la urdimbre actual es el estado en que me encuentro hoy.

Para que esta reflexión no sea un auto reclamo más tengo que matar un poco el pasado, convencerme de lo que es cierto: el pasado no existe. Por más pruebas que haya yo acumulado de ese estado anterior de las cosas, el pasado nunca tuvo existencia objetiva, es sólo una forma más de mi pensamiento y por ello es justo pedir que no actúe en mi contra.

A pesar de que parezca complicado lo que digo, estoy viendo las cosas más simples. Me estorba, por ejemplo, conceder atención a constantes situaciones dañinas con personas que forman parte de mi familia. Las situaciones no parten de una voluntad de hacer daño, evidentemente. Resultan dañinas para mí por la diferencia de pensamientos, criterios y principios que puestos en práctica maltratan a seres que quiero, yo incluido.

¿Qué se puede hacer? Esta meditación de mañana de domingo me lleva por todos lados. A pensar que problemas son los de la gente que está en las esquinas con una lona esperando a que les den un trabajo de plomería para ganar un poco de dinero. A concluir que sobredimensiono estos cotilleos familiares. Pero en el fondo ninguna solución aparece.

La aceptación... Sí, la aceptación pero como estrategia integral. No retórica, no de dientes para afuera.

¡Chin! Es un trabajote, ¿no?

La aceptación... Me doy cuenta de que siempre la he esperado, promovido, solicitado, creyendo que por defenderla la practicaba mucho.
No es la aceptación chafa de decir pues la gente es así, ni modo, subirla a un patín y no interesarme más. ¡Qué fácil sería! En cambio, aceptar, me parece, significa mucho más explorar mis propias razones para reaccionar ante lo distinto, sabiendo que eso ya es así y que no me compete cambiarlo. Todo lo contrario a comerse el coco queriendo cambiar lo distinto y así poder mantener cómodamente mis reacciones dolosas. Me da gusto estar en capacidad de observar todo esto. Finalmente es buscar separar mi estado interior de los accidentes de las relaciones, protegiendo mi capital esencial que es lo único que debo defender.
Gracias por leerme, pero ya que andas en eso, escríbeme tu comentario...

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