febrero 19, 2009

Mi barrio


Me gusta mi barrio. Aunque las banquetas estén un poco derruidas y haya tramos en que de tanta tierra suelta pareciera que estamos cerca de la playa. Con el menor pretexto agarro mi vieja casetera y me salgo a caminar. Voy a comprar unas ligas en la papelería amontonada que dos hermanas cotorritas tienen en una cochera. O voy a recoger los cartuchos de tinta que mandé rellenar con un señor que puso una lona afuera de su casa. O como hoy, me llego hasta la Farmacia Guadalajara y me entretengo dando vueltas en los anaqueles, mirando las cámaras fotográficas que se hacinan en un mostrador por demás revuelto, cerca de los bisquets calientes y de las botella de Pinol. Huelo los champús corrientes -que han dejado de ser baratos-, miro los esponjosos panqués en bolsa que hace años que no pruebo y que jamás cambiaría por los bolillos crujientes del mercado, y lo más placentero es que salgo como entré: sin comprar nada.

Porque en realidad nada necesito y ésta no es una declaración de presunción material. Lo placentero está en observar que he aprendido a prescindir de muchas cosas que se venden en esos lugares. Que ya no me provocan. Que las he observado y sé lo que contienen más allá de sus coloridos empaques que también son más dañinos de lo que parecen. Como lo digo en un artículo que estoy escribiendo, no puedo zafarme de un sistema económico que sólo ha dañado a la gente -incluso a la que parece que ha ayudado-, pero desde mi modesta posición sí hay cosas en las que puedo darle la espalda.

Cada vez necesito menos cosas, y esas cosas vienen menos empacadas o provienen de la tierra. Encuentro placer en cosas pequeñas como estos paseos. Me gusta lo local por su imperfección sincera. No creo en muchos espejismos que nos rodean y por eso mi tesis doctoral se titula "Función social de la Publicidad en México" porque quiero saber cómo esa forma de educación nos bloquea y pervierte nuestro sentido de la realidad.

febrero 06, 2009

¡No quiero saber nada de Bancomer!


Hace como un mes cancelé mi tarjeta de crédito por teléfono, después de un largo partido de tennis de número en número y extensión en extensión y pique aquí y pique allá... Ese día me tocó ir corriendo a depositar cuatro pesos para que pudiera proceder la baja de mi cuenta. Bueno, dos semanas después ¡me vuelve a llegar el estado de cuenta! Saldo: tres pesos.

Para esto, un largo litigio con la Condusef de por medio no condujo más que a encuentros en donde un licenciadillo panzón nunca entendió el porqué de mi queja: las inconsistencias en la información. Por teléfono me avisaban que debía una cantidad y que debía pagarla en tal fecha, en el estado de cuenta me decían otros datos. Cuando trataba de confrontarlos, otro funcionarillo pedorro me decía que no hiciera caso, que pagara... ¡en otra fecha! Nunca entendieron que yo peleaba por mi derecho a no ser confundido por el mismo banco.

Considero a los bancos en general una gran calamidad, una desgracia humana, un mal del que tenemos que servirnos porque desgraciadamente el sistema está hecho a su medida. Pero lo que más lastima en estas mañanas de desazón de creer que uno nunca se va a poder librar de ellos, ¡ni pagándoles! es la falta de sentido común que demuestra su personal, como si lo primero que tuvieran que evitar es reflexionar y ponerse en el lugar de los clientes.

¿Que no era ése un principio clásico de mercadotecnia?

Últimamente me pasa que no veo en realidad que a alguien le importe la opinión de los clientes. Los dueños están muy ocupados invirtiendo sus ganancias, creyendo que los que los representan lo hacen bien. Los gerentes son inaccesibles y creen que todo se cumple como ellos dicen. Y a las empleadillas telefónicas que se supone que con el contacto con el público les vale un cacahuate que la gente cancele una cuenta o que abra diez, a ellas les van a pagar lo mismo, lo que quieren es terminar la llamada para seguirse pintando las uñas y de ser posible no ser interrumpidas.

Yo también quisiera no tener que volver a abrirme paso entre sus sus tontas grabaciones, no ser obligado a escuchar sus ofrecimientos capciosos, a responder a sus desangelados con quién tengo el gusto, y a repasar el resto de sus frases desgastadas y automáticas que mueven a lástima. ¿Quién sno e acuerda de aquellas tétricas muñecas que tenían un disco en la espalda? De esa marca es la gente que trabaja últimamente en atención al cliente.


enero 12, 2009

Otra forma de mirar una guanábana

Más allá de centro Habana, después de unos barrios vetustos que se llaman la Víbora y Santos Suárez, viven Clara y Pedro, dos hermanos heptagenarios amigos de mi familia cubana. Para ir a verlos hay que coger una guagua que lleve hasta la Habana Vieja, y ahí cambiar por otra que pasa cada hora y que sube serpenteando por la poblada colina.

Al tenerlos por delante entiendo porqué vale la pena venir a verlos. Ella es química, trabajó muchos años para una compañía farmacéutica del estado y conserva esa sencillez lúcida de la gente útil. Él también trabajó mucho tiempo y sobrevivió a una operación de próstata que no hizo sino aumentarle el humor: su anécdota de bienvenida es que el médico que lo operó murió prematuramente.

Como ellos, su casa logra conservar el encanto que debió haber tenido en una época mejor a ésta, cuando los macetones pendían más exhuberantes en el mismo corredor y el mismo sol iluminaba el mismo muro de color amarillo sólo que entonces la gente cruzaba el umbral sin pensar en el mal estado de las calles ni en el dolor de los huesos.

Afortunadamente, los cubanos son porfiados. La charla remeció recuerdos, extrajo los mejores y animó sus bocas elásticas durante un rato. Al final de la visita, de pronto, Clara se perdió en la cocinita donde ronroneaba un refrigerador de manufactura soviética y volvió con un presente por demás inesperado: una sencilla guanábana.

Yo tardé en reaccionar pero pronto me di cuenta de que hacía varios nudos de mar que no había visto una guanábana. En el mercado de frutas que veía en Línea sólo encontraba papayas muy maltratadas, insípidas; naranjas ácidas, guayabas, yuca... Nunca algo tan suave, tan fragante , pero sobre todo tan preciado como esa guanábana, pues una fruta simple que en México podía encontrarse en cualquier supermercado, incluso en forma de paletas, nieves y aguas, en Cuba hacía falta imaginarse cuánto había zancajeado la mujer para conseguirla.

Su otro valor tenía que ver con el hecho de desprenderse espontáneamente de algo que claramente hacía falta. Pensé en todos esos regalos que damos sin que darlos nos afecte o nos requiera un sacrificio. Es muy rara la ocasión en que aceptamos dar algo que nos sirva a nosotros primero. No parece lógico, hasta lo consideramos de mal gusto, pero la verdad de fondo es que no sabemos trasladar el beneficio del objeto sobre otros, sólo damos lo que no nos afecta perder.

Esa misma noche la familia se activó y desempolvó la vieja licuadora que aguardaba en su rincón por una ocasión tan especial como ésta. Yo mismo me encargué de deshuesar y quitarle la piel a la guanábana, menudamente, cuidando de no desperdiciar ni un gramo de pulpa para que rindiera más. Me topé con un lado maltratado y reí pensando en qué poco tiempo habían cambiado tanto las cosas: por ese simple defecto en México esa fruta ya hubiera ido a parar a la basura.

El espeso batido de guanábana con leche lo bebimos después de la cena. Un sólo vasito contenía tantas cosas, que no me apeteció beberlo de un sólo trago, como normalmente hago con todas las cosas. De pronto se trataba de desmenuzar todo el sabor, como si quisiera explicarlo y a través de esa explicación, guardarlo. Sólo se me ocurrió dar pequeños tragos para que el perfume ascendiera por la laringe alargando lo más posible el momento.

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