mayo 19, 2009

Las dos Denise




Es una casualidad que dos muy buenas periodistas actuales en México se llamen Denise. Una Dresser, y la otra Maerker. Ambas nacidas en los sesenta, las dos han combinado estudios en ciencias políticas con la labor periodística; las dos han defendido una presencia que se puede llamar fuerte en los medios de comunicación y, naturalmente, las dos son blanco de ataques por la fuerza de sus comentarios, criticadas por laborar para medios privados como si ganar espacios de mayor cobertura (y mantenerse en ellos) fuera tarea fácil.

Dresser sorprende con sus bien construidos discursos que presenta en eventos académicos, con los que logra incomodar a quienes esconden con artilugismos su falta de responsabilidad social, y por la hilación impecable de argumentos y hechos irrefutables que caracterizan sus artículos en diarios como Reforma y la Opinión de Los Ángeles. En entrevista desliza sobre la mesa realidades atroces con una voz mesurada y armónica.

Maerker sorprende por el enorme compromiso con que sobrepasa la simple función de lectoras de noticias que cumplen Adela Micha o Lolita Ayala (dos de sus más célebres competidoras de raiting), y por su capacidad de cumplir con la tarea de informar pero trasladando al análisis los temas que más la indignan como mexicana (porque para estar al frente de un micrófono no es necesario dejar a un lado la nacionalidad). La de veces que la he escuchado en su programa de Radio Fórmula molestarse frente a situaciones bochornosas, o haciendo patente con interrogantes claros que su inteligencia se siente ofendida ante declaraciones absurdas.

Las dos conciben la tarea pública de informar como un elemento que posibilita el cambio. Pero no el cambio de partidos políticos, que ya sabemos que sirve para dos cosas. El cambio completo de conciencia, de sabernos meritorios de mejores condiciones de vida y de sabernos más responsables de lo que nos sucede, que es el único cambio que no hemos probado los mexicanos.


abril 30, 2009

El siguiente día del beso

Con lo importante que son los besos para nosotros. Al llegar y al despedirse, aunque sea a media calle, marcaba la norma implícita. Con lo besucones, lo tentones, lo confianzudos que somos los mexicanos. Esto sí nos da en la torre. La crisis económica como fuera nos la sacudíamos, siempre había la posibilidad de ir a los cafés a contarse los problemas diarios, a quejarse del trabajo que se incrementó, a reírse de lo absurdo de la vida de los demás para distraerse del absurdo propio. Pero ahora ni eso.

El tapabocas le dice la gente, el cubrebocas los políticos. Porque no sólo cubre, tapa, como tapa de topperware para que no se escapen los olores. Nos tapa el gesto expresivo. Si en Francia o en Suiza se lo ponen no hay mucho que perder, el gesto insípido que hay debajo se adivina siempre. Pero en México siempre es posible saber por el acomodo de los labios si seguimos sin encontrar trabajo, o si por el contrario nos venimos saboreando un chisme que ya queremos llegar a contar. También si amanecimos de malas o si traemos ganas de pleito.

Nos tapa la voz. Con tapabocas nuestras voces tipludas se harán pastosas, no tendremos ganas de hablar, cansados de estar repitiendo lo que decimos para que nos entiendan. Por miedo, ya no tocaremos el hombro de nuestro interlocutor para acentuar lo que le contamos. Las confidencias de pasillo ya no sazonarán las mañanas de trabajo y los saludos se limitarán a un gesto de la cabeza o de la mano que al mismo tiempo que dice hola dirá no te acerques.

Mantenernos vivos es lo más importante, naturalmente. Pero además, los mexicanos esperaremos con ansias el momento de volver a abrazarnos, quizá ahora lo haremos más, a la menor provocación, y mejor, con más sentido porque alguna solidaridad nos habrá despertado este extraño capítulo.

Ese día, querremos besarlos a todos, a todos, ya redescubierto el placer de lo que siempre nos ha sido tan natural y que otras culturas más rígidas no entienden y ven con reprobación (aunque en sus fríos cuartos no sepan porque se sienten tan solos).



Que se decrete el día del beso nacional, el día de nuestra liberación.



abril 27, 2009

¿Ya le llegó el pants a Julio?


La historia se remonta muchos años atrás, cuando mi lejana prima la Güera nos encontraba desayunando gorditas en el mercado. Como era la única hija casada de mi tío Lencho, y güera además, le daba por hacerse la señora fina y mostrar delante de toda esa gente sudorosa del mercado que ella sí compraba en las tiendas de categoría de la época.
Mi mamá trabajaba en una de ellas, por eso en cuanto la veía la Güera le gritaba de un extremo a otro del puesto:
- ¡Lupitaaaa! ¿Ya le llegó el pants a Julioooo?
Mi mamá enrojecía y casi se tapaba con la tortilla recién hecha con que acompañaba su menudo de cada domingo. Cada semana había que estarla informando de la llegada de los exitosos Hang Ten.
Mi hermano Memphis lleva años imitándola. Reproduce a la perfección su timbre agudo, pero sobre todo, el chiflidito característico que se escapaba de la cara huesudita de la Güera, como si le faltara un diente.
Desde entonces me llama la atención esa tendencia familiar a hablar en singular de cosas que se deben mencionar en plural. Por el pants ella quería decir los pants (que es como en México mal llamamos a los trajes de deportes), los cuales como no vienen en costales ni se venden como granos de frijol (el frijol), son objetos terminados, deben mencionarse con su artículo.

¿La Güera lo haría para escucharse elegante antes de morder su gordita de chicharrón o realmente estaba hablando de un solo pants?



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